Lo alemán del Estadio Nacional de Santiago

*Para Santiago Adicto – @santiagoadicto 

Chile y Alemania tienen mucho más en común que el gusto por la cerveza. Es un vínculo a nivel de Estado que dejó tantos réditos positivos para nuestro país, que confirmar lo poco que se sabe de esto duele un poco. Y ojo que no nos referimos a la gran migración alemana que hubo en el sur de Chile en la segunda mitad del siglo XIX y que fundó una fuerte tradición que permanece hasta hoy en lugares como Frutillar, Puerto Varas y Valdivia.

Seguro que si le comenta a sus amigos que Chile y Alemania tienen mucho en común, más de alguna risa escuchará. El chiste del pelo rubio y los ojos azules. O le dirán lo de la cerveza. Póngase firme, el vínculo es real y se estableció gracias a un grupo de mentes pensantes lideradas por Valentín Letelier, uno de los intelectuales más connotados de Chile. Abogado, masón, miembro del Partido Radical y Rector de la Universidad de Chile, Letelier creció admirando el nuevo modelo de sociedad impulsada por Otto Von Bismarck luego de la unificación alemana en 1871.

¿En que consistió? Básicamente en un proceso de empoderamiento y profesionalización del Estado, que debía garantizarle a sus ciudadanos -como mínimo- salud, vivienda y educación de calidad, procurando el avance igualitario de todos sus miembros. A este modelo se le llamó Estado de Bienestar y el gran Valentín vio en esa idea la única forma de sacar a Chile del provincianismo en que estaba sumergido desde su independencia, amparado en un modelo económico que se sustentaba en lo que producía el campo para el beneficio exclusivo de sus propietarios y no mucho más.

Estudió el modelo y propuso introducirlo desde abajo, trayendo para esto a algunos destacados profesionales alemanes para que se encarguen personalmente, con su trabajo, de modernizar al Estado chileno. Algunos ilustres son Karl Brünner, urbanista encargado del plan de ensanche de Santiago; Emile Körner, militar que refundó el Ejército de Chile y Oscar Prager, paisajista que diseñó varios de los parques urbanos más importantes de Santiago, entre otros.

Parque Providencia de Oscar Prager

En fin, como esta breve crónica se trata de un lugar en particular, resumiré diciendo que ese influjo alemán nos entró hasta por los poros con la llegada al poder del Partido Radical en 1938, especialmente con Pedro Aguirre Cerda (1938-1942) y su lema ‘Gobernar es educar’.

Dentro de las políticas progresistas que vieron la luz en esos años (Institutos binacionales, Instituto Pedagógico, Empresa Nacional de Petróleo, entre otros) estaba la del fomento de la salud pública. No vamos a descubrir en estas líneas que el deporte es una de las herramientas más efectivas para conseguir ese objetivo. Y esa fue una de las grandes apuestas de este período, fomentar la práctica del deporte, algo que venía dándose de forma improvisada y a los tumbos. Vea la fotografía de la selección chilena de fútbol de 1930, que parecen más un grupo de amigos después de una pichanga que una selección nacional.

Selección chilena de fútbol en 1930

Inteligente decisión, pues un país deportista es un país sano, y un país sano es un país que gasta menos plata en salud y que puede invertirla en otras urgencias. El Estadio Nacional de Santiago es parte de esa épica nacional, un gran reducto deportivo que fuera la imagen de ese nuevo país progresista, moderno y saludable.

Aquí viene entonces el punto central de esta crónica, y es que en esa total alemanización de la sociedad chilena, caía de cajón que el diseño del Estadio Nacional de santiago fuera inspirado -muy muy inspirado- en el principal estadio de la capital alemana, Berlín.

Estadio Olímpico de Berlín

Estadio Nacional de Santiago

Aníbal Fuenzalida, Roberto Cormatches y Ricardo Muller -este último un eximio deportista que representó a Chile en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 en pleno apogeo de Hitler, de quien se dice que quedó maravillado con este sudamericano representante de la Raza Aria- se dieron a la tarea de diseñar el Estadio Nacional basados en el modelo del Estadio Olímpico de Berlín, obra de Werner March, con su eje vial de acceso, su explanada anterior, su planta oval y su racional secuencia de pilares perimetrales. Sólo faltaron las columnas exteriores y la plataforma del pebetero olímpico, que ciertamente no venían al caso pues -aunque el Nacional ostente los anillos olímpicos en una de sus fachadas- Santiago no ha estado ni cerca de organizar unos Juegos.

El resultado compruébelo usted mismo.

Estadio Olímpico de Berlín

Estadio Nacional de Santiago 

Más allá de lo anecdótico y del evidente parecido de ambos estadios -que ya no lo es tanto desde la remodelación que se hizo en Berlín para el Campeonato Mundial de fútbol del 2006-, el testimonio que queda es de una desmemoriada sociedad chilena que un buen día fijó sus ojos en la naciente nueva potencia europea y otro buen día decidió girarse en dirección del nuevo gigante de América, Estados Unidos, el nuevo chiche del mundo, los nuevos winners, ocultando bajo muchas capas de tierra su antiguo amor por Alemania.

Hoy pocos saben que la modernización del Estado chileno y muchas de las políticas públicas que condicionan nuestra cotidianidad se deben en gran medida a ese amor; y esto lo corrobora un hecho puntual: Chile fue el último país de América en reconocer que los nazis eran malos y ponerse del lado de los aliados. Ahí se terminó esta historia.

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Texto: Gonzalo Schmeisser | Imágenes: Internet

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