Paisaje cordillerano en los Andes centrales | Cumbres del Cajón del Maipo

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La Cordillera de los Andes no sólo corresponde a un elemento geomorfológico de gran relevancia para nuestro territorio en muchos aspectos (especialmente determinante en el clima), sino que también es parte fundamental de nuestro patrimonio natural y cultural, eje ordenador de nuestro territorio que está presente dentro del imaginario colectivo de cada habitante a lo largo de Chile.

Este sistema montañoso de más de 25 millones de años, se extiende desde Panamá hasta el Cabo de Hornos, en los confines del extremo sur de nuestro país (incluso hay quienes afirman que es el mismo cordón montañoso el que llega hasta los límites del continente por el norte, en Alaska) correspondiendo a uno de los más extensos sistemas de grandes montañas a nivel mundial.

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Está presente en el imaginario nacional como uno de nuestros emblemas incluso previo a la conquista europea, tanto es así que su nombre fue tomado por los españoles del lenguaje Aymará y luego castellanizado, en un mix de palabras cuyo vínculo difícilmente se logra comprender pero que – según los historiadores – alude a la luz de la alta montaña.

Y hablamos de ‘alta montaña’ con buena razón.

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Es justamente en la zona central, muy cerca de Santiago, donde están las mayores alturas de Los Andes, con cumbres que sobrepasan los 6.000 metros, pero sobre todo con un sinnúmero de cerros de mucha altitud (Piuquenes, Plomo, Marmolejos y Tupungato) y  volcanes (Tupungatito, San José y Maipo).

Precisamente en las altas cumbres estuvimos durante el fin de semana, más específicamente en la zona del alto Maipo, concentrándonos en observar los intensos contrastes entre los blancos eternos y la montaña lavada, así como las distintas luces que ofrece el transcurso del día.

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El juego de luces que ofrece la cordillera conmueve, especialmente en los extremos del día: por la mañana una luz blanca que ciega, que hace brillar cada rincón del extenso valle y que le da a la piedra un tono azul que va apagándose con el correr del día. Por la tarde los tonos bajan y se hacen más cálidos, un débil tono amarillo hace más amable la vista, transmitiendo una calma que se interrumpe abruptamente por la llegada de la noche, que con su intensa oscuridad convierte todo en un lugar de heladas tinieblas. Una tensa calma acompaña nuestro descenso, hasta alcanzar terreno seguro más abajo, cuando el Rio Maipo ya es el protagonista del paisaje, visual y sonoro.

Es posiblemente esa luz final en la que confiaron los Puelches, Poyas y Chiquillanes para sus rituales nocturnos, cuando surcaban esta ruta para cruzar desde las secas pampas argentinas hasta los abundantes valles de Chile, cuando los alcanzaba la negra noche.

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Dialogaron con el viento, se sintieron acogidos por el tono cálido del atardecer y dieron sus ofrendas a las altas cumbres en búsqueda de protección, para salvar la noche.

Hoy su huella en nuestro ideario es algo que parece asunto del pasado, algo que ya parece no importarle a nadie, salvo cuando cada tanto aparece en la televisión un perdido flash de escueta información que habla de algún proyecto para intervenir el paisaje del cajón. Ahí nos acordamos que existe, nos indignamos, pegamos el grito en el cielo y… a lo nuestro.

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Vale la pena entonces darse una vuelta por aquí. Conocer realmente que es lo que está en juego cuando se interviene un paisaje de estas características. Ver si en la punta de una roca podemos distinguir algún vestigio de quienes habitaron este lugar, quienes por cientos de años lo utilizaron para su beneficio, pero que tuvieron la sensibilidad suficiente para no dejar ningún rastro.

Fotografías: Fernando Márquez de la Plata© | Textos: Fernando Márquez de la Plata + Gonzalo Schmeisser

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