Subiendo por el Valle de Cochamó | Los Lagos

Hace no mucho, el precioso valle de Cochamó era conocido únicamente por arrieros o habitantes de las cercanías. Lejos de ser un lugar turístico, era utilizado habitualmente como paso fronterizo con Argentina (por aquí se accede al paso ‘El leon’) o para extraer madera de los enormes bosques de Alerces.

Fue a mediados de los años noventa cuando escaladores locales empezaron a internarse en el valle buscando las gigantescas paredes de granito que aquí existían como un mito. Paredes totalmente vírgenes, con fisuras y líneas que hicieron de este lugar un paraíso para los amantes de este deporte.

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Poco a poco la voz se corrió y el valle se fue haciendo conocido en el mundo de los escaladores. Lo más llamativo fue que no se expandió su fama a nivel nacional, sino que también a deportistas europeos y norteamericanos, quienes de a poco fueron limpiando y apropiándose de las paredes.

Con el paso de los años – y producto de la innegable belleza escénica del lugar, repleta de ríos, flora y fauna nativa y tupidos bosques –  el lugar se ha convertido en un punto imperdible para aquellas personas que disfrutan del contacto con la naturaleza y de los deportes outdoor. Hoy no sólo se practica escalada, sino que también trekking y cabalgatas, entre otros.

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La travesía para llegar a este lugar no es sencilla y requiere de bastante esfuerzo físico, pero el sacrificio sí que vale la pena.

Iniciamos la caminata en el poblado de Cochamó, ubicado frente al impresionante Seno de Reloncaví, a unas dos horas de Puerto Varas. Esta pequeña localidad se ha visto muy beneficiada por el aumento del turismo en los últimos años.

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El camino entre el poblado y la zona de ‘La Junta’ se realiza por un antigua huella que formaron los arrieros locales. Es una ruta muy húmeda, con mucho barro y agua; además de puentes y escaleras construidas precariamente en madera. Estas leves intervenciones hablan de la paulatina apropiación del hombre sobre este paisaje y la carga histórica que conlleva el haber sido ruta de tránsito entre dos países. Quizás cuantos hombres pasaron con sus pesadas cargas por aquí.

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Luego de unas cinco horas a paso firme, bordeando el rio Cochamó por un camino zigzagueante y de constante subida, llegamos al lugar conocido como ‘La junta’. Este punto corresponde a una apertura del estrecho valle, y se genera una explanada natural rodeada de las inmensas paredes de granito que mencionamos al principio.

Aquí es donde instalamos nuestro campamento base puesto que está acondicionado con servicios básicos, como baños y duchas, y un agradable fogón para pasar las noches en compañía de los demás visitantes. El lugar es algo así como un lodge, y está administrado por el famoso gringo Daniel, un norteamericano que se instaló aquí hace años junto con un grupo de argentinos. Ellos residen en este lugar todo el año y cuidan de la limpieza y mantención del entorno.

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Los paseos y destinos interesantes que salen de aquí son incontables. Es común ver las ‘cordadas’ de escaladores que se internan en las rocas durante varios días para sortear complejas rutas rocosas. Sin embargo no es la única alternativa, si no eres muy ducho para este tipo de deportes existen muchísimos otros paseos o actividades asequibles para cualquiera: desde los famosos toboganes de piedra, las bajadas por el rio o la escalada deportiva en pared seca, bastante más sencilla y ‘bajo techo’.

Como si esto no fuera suficiente, hay otros destinos que toman todo el día alcanzarlos, como el Arcoíris, Glaciar La Paloma, el Anfiteatro, entre otros.

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Todos estos trekkings tienen algo en común, se inician por un denso y húmedo bosque con una vegetación muy tupida. A medida que uno va ascendiendo esta característica va disminuyendo, hasta el punto de desaparecer totalmente. Cuando llegamos a las partes más altas nos encontramos con grandes bloques de granito repartidos por todos lados, decorados a veces por vegetación baja.

Desde este punto, la vista al valle es impresionante y nos deslumbran las enormes paredes verticales de roca que nos rodean por todos lados. La sensación es aplastante.

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En la bajada nos encontramos con más gente que va subiendo y nos damos cuenta de la creciente fama que ha adquirido el lugar. Como siempre ocurre, donde más humanos hay, más deteriorados están los lugares.

Desde ahí, nos surge la idea de que es necesario cuidar este paraíso natural tan expuesto. Hoy la amenaza a este paisaje va mucho más allá del efecto de los visitantes, el turismo finalmente provoca un daño marginal. Hay un plan para hacer en este lugar una hidroeléctrica que acabaría de un plumazo con la belleza prístina que encontramos en el valle. ¿Matar un tremendo ecosistema es la única salida que tenemos para abastecernos de energía?

Da para pensar.

Texto e imagenes: Fernando Márquez de la Plata ©

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