Un día en Isla Mocha | Región del Bío-Bío

La Isla Mocha está situada frente a las costas de la provincia de Arauco en la VIII Región del Bio-Bío, Chile. El acceso se puede hacer mediante dos medios, lancha o avioneta, siempre dependiendo de si las condiciones del clima son óptimas. En esta ocasión tuvimos que cruzar a la isla a través del aire, ya que los fuertes vientos que venían del sur hacían que las embarcaciones quedaran demasiado expuestas en el mar abierto. Sobre el pequeño poblado de Tirúa se encuentra la pista de donde salen los vuelos hacia la isla, los que demoran unos 10 a 15 minutos dependiendo de la dirección del viento.

Dejamos el continente atrás y nos aproximamos rápidamente a la isla. Ya desde el aire podemos ver su imponente superficie (de unos 48 Km2) y su curiosa forma de ballena.

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Inicio del sendero

La isla está dividida en dos zonas muy marcadas y diferentes entre sí: por un lado, el área próxima a la línea de costa, compuesta por playas de arenas blancas, roqueríos y vegetación de baja altura. Suelo muy explotado que además cobija áreas de cultivo y ganadería, actividades que sustentan la vida de los pocos habitantes locales. Y por otro lado las regiones altas, cubiertas de un tupido bosque de especies nativas, difícil de penetrar si no es por los senderos establecidos.

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Mezcla de pisos vegetacionales

Fuertes vientos azotan el litoral durante nuestra visita. La costa está muy expuesta a los caprichos del océano y se muestra muy vulnerable debido a la falta de elementos naturales que resguarden en las zonas bajas, lo que – nos percatamos inmediatamente – hace muy difícil la vida en este lugar.

Es fácil identificar el poblado, en el cual viven alrededor de 800 personas que se dedican principalmente a la extracción de la Luga (una especie de alga) durante el año, cambiando durante la temporada estival en que su éxito económico se encuentra directamente relacionado con el turismo.

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Planicie costera y predios ganaderos

Durante estas épocas la isla se repleta de visitantes, quienes cruzan desde el continente entusiasmados con los increíbles bosques que se encuentran en la parte alta, declarada Reserva Natural en 1988 y que es actualmente administrada por Conaf. Esta reserva se encuentra ubicada en el centro de la isla, elevándose unos 390 metros en su parte más alta, generando un microclima muy singular.

El acceso hacia la reserva se encuentra cercano al poblado, por lo que es muy fácil acceder a este. Existen solo 2 senderos habilitados, uno hacia la laguna hermosa en la parte alta del bosque, y otro hacia el faro antiguo, ubicado al otro extremo de la isla.

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Vista desde el limite del bosque

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Inicio de las zonas boscosas

En nuestro paseo nos damos cuenta con tristeza que el cuidado del circuito no es el mejor: faltan escaleras, asientos, señalética y cuidado de las rutas. Sin embargo, esto pasa a segundo plano una vez que nos empezamos a internar en el bosque, compuesto principalmente por Olivillos, Canelos, Arrayanes y Lengas de dimensiones monumentales, adornados por largas lianas que caen desde lo alto y un denso follaje, que hace difícil el paso de la luz. Los árboles son tan grandes que parecieran ser de otra época, sobrevivientes de ese Chile incendiado durante la conquista.

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En un claro del bosque

Luego de un almuerzo rápido en un pequeño claro del bosque, y en que nos visitan sin timidez algunos de los habitantes permanentes del bosque – lagartijas, pájaros, búhos y el temido ratón de cola larga – retomamos el paso hacia las cumbres.

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Ratón de cola larga

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Lagartija

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Cometocino

Son aproximadamente unos 10 kilómetros de senderos, con diferentes dificultades y pendientes, lo cual lo hace accesible para todos los niveles. Debido al poco tiempo que tenemos los recorremos todos en un día, siempre conmovidos por las dimensiones y densidad del bosque y por la preocupante falta de agua en época estival, donde un solo cauce visible es el que circula entre los árboles.

Las dos lagunas que aquí se encuentran (Huairavos y Laguna Hermosa), están totalmente secas y sin rastros de agua, lo que nos hace preguntarnos si esto es efecto del calentamiento global, del excesivo consumo de agua potable por parte de los habitantes de la isla, o simplemente debido a ciclos naturales.

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Arrayanes dentro del bosque

Una vez arriba, el bosque deja algunos claros que nos permiten preciosas y amplias vistas hacia el océano pacifico y la costa de la isla. No dan ganas de bajar, pero el tiempo escasea y debemos volver al poblado.

Una recomendación es recorrer la isla a caballo o en bicicleta, a través del camino que la rodea desde el aeródromo hacia el pueblo, pasando luego por las playas, el faro y el lugar donde se está extrayendo gas natural, el cual hoy en día alimenta de energía a la isla y es una fuente laboral para los habitantes locales.

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Vista hacia el faro

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Olivillos y Canelos

Es hora de volver al continente. Tomamos nuestras mochilas y partimos en dirección a la pista, esperando a alguna avioneta que nos cruce hacia el continente.

Nos vamos maravillados y asombrados por la impresionante reserva natural de la isla, pero además por las múltiples historias que aquí se cuentan y que nos fuimos enterando gracias a los habitantes de la zona. Y es que la isla ha sido custodia de mitos de lo más diversos. Entre ellos, la de ser un paraíso pirata en los siglos XVII y XVIII, por lo que estaría llena de tesoros ocultos. O la creencia popular Mapuche, que habla de la isla como depositaria de las almas de sus muertos, quienes eran traídos aquí por ballenas transportadoras conocidas como Trempucalhue. O, tal vez la más famosa de todas, la historia de la ballena Mocha Dick, un cachalote blanco inmenso imposible de cazar y que inspiró la legendaria novela de Herman Melville, Moby Dick.

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Vista hacia la costa desde un claro del bosque

Pese a esto, no es muy clara la identidad que posee la isla en el sentido de sus costumbres y tradiciones. Creemos que su proximidad con el continente y el fácil traspaso de un lado a otro, no ha dejado que se desarrolle una cultura popular propia e identitaria, como vemos que ocurre con otros ejemplos insulares en Chile como Chiloé o la Isla de Pascua.

Aun así, el potencial es enorme puesto que es un lugar de Chile que escapa de lo habitual y está muy a la mano de quien quiera visitarla. El viaje, por cierto, vale totalmente la pena.

Texto: Blanca Riesco C. | Fotografías: Blanca Riesco C. ©

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