Cruzando la Isla del Sol | Bolivia

Hace algún tiempo estuvimos recorriendo el país vecino de Bolivia, tan cercano y tan desconocido para nosotros, maravillados por sus paisajes naturales y por sus tradiciones culturales. Nos deslumbramos en cada rincón de su paisaje altiplánico y nos asombramos con su cultura antigua,  consolidada desde épocas incaicas.

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Como es sabido, y a diferencia de Chile que se ha esforzado por borrar su pasado, Bolivia se caracteriza ser un territorio cargado de su influencia indígena. En ella se mezclan varias culturas, como la Quechua, Aymara o Incaica. Esto es claramente observable en cualquier rincón del país. Lo mismo los paisajes. Hay de todo y para todos.

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En esta ocasión nos dirigimos a uno de sus más famosos lugares: la renombrada Isla del Sol, ubicada en el enorme lago Titicaca. Esta isla en época inca fue un santuario, y en ella había un templo con imágenes dedicadas al dios Sol o Inti. De ahí su nombre.DSC06751

La travesía se inicia en el poblado de Copacabana a orillas del lago, donde zarpamos en nuestra lancha rumbo a la isla.

Luego de un par de horas y una navegación en la plena calma del lago, logramos observar la isla, la más grande del lago. Su nombre original es isla Titikaka y por ello el lago donde se encuentra lleva su nombre, que significa «puma de piedra».

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Nos bajamos en el extremo sur para emprender nuestra caminata hasta el extremo norte. Empezamos con una subida bien empinada por sinuosos senderos de piedra que circulan entre los caseríos. Luego de un no tan complejo acenso, llegamos a la parte alta donde se inicia el trekking que dura un par de horas.

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La mayor parte de la isla está poblada por indígenas de origen Quechua  y Aymara, dedicados a la agricultura, el turismo, artesanía y el pastoreo. Es es posible verlos a lo largo de todo el recorrido, ya sea acarreando animales o compartiendo con los turistas.

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La caminata es tranquila por la parte superior, y lo que más llama la atención son las impresionantes vistas de la imponente Cordillera de Los Andes, así como el bello e intenso lago que bordea la isla.

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Ya en el extremo norte, nos encontramos con ruinas de épocas incaicas con sus clásicas construcciones en piedra, siempre cuidado los detalles y la prolijidad de las obras. Aquí hubo hogares, templos o espacios de uso público. Como siempre en estos casos, surge la pregunta de cómo se habrá vivido en estos lugares y de qué manera interactuaban sus habitantes con la tierra. Y la respuesta es clara y contundente: es notorio el respeto y vinculo con el entorno, esa voluntad de habitar el paisaje.

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Luego de recorrer la isla y pasar una tranquila tarde entre las ruinas, empezamos nuestro descenso hacia el poblado ubicado en la parte baja, a orillas del lago.

Nos maravillamos al llegar por la increíble playa de arena blanca que aquí encontramos, llena de vida, botes y pescadores. Con una calma y tranquilidad difícil de encontrar en el mundo moderno, con un lago calmo y una montaña silente de fondo.

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Aquí no sólo impacta la belleza natural misma, ese entorno único de agua y montañas, de sol y nubes, de paz y silencio. Y es tanta la carga simbólica que aquí impregna cada rincón que, por un momento y aunque parezca imposible, entendemos porqué estos escenarios eran sagrados para los Incas: es una tierra que habla desde el silencio.

Texto e imágenes: Fernando Márquez de la Plata ©

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